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	<title>Eucalíptica</title>
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	<description>Revista Literaria</description>
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		<title>Paul Alonso en directo</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Dec 2011 18:14:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Equipo Editorial</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Fernando Muñoz Originario de Lima, Paul Alonso estudió Literatura en la Universidad Católica del Perú. Trabajó como periodista en Lima, al tiempo que dirigía la revista El Vientre. Ha publicado el libro &#8220;Por las muertes que cargamos&#8221; (2001), la &#8230; <a href="http://www.eucaliptica.com/2011/12/paul-alonso-en-directo/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter size-full wp-image-854" title="paulAlonso1" src="http://www.eucaliptica.com/wp-content/uploads/2011/12/paulAlonso1.jpg" alt="" width="597" height="264" /></p>
<p><span style="color: #888888;"><em><strong>Por Fernando Muñoz</strong></em></span></p>
<p><em>Originario de Lima, Paul Alonso estudió Literatura en la Universidad Católica del Perú. Trabajó como periodista en Lima, al tiempo que dirigía la revista El Vientre. Ha publicado el libro &#8220;Por las muertes que cargamos&#8221; (2001), la novela &#8220;El primer invierno de Diana Frenzy&#8221; (2006) y el libro de cuentos &#8220;Me persiguen&#8221; (Premio Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, 2009).</em></p>
<p><em>Actualmente radicado en Austin, Texas, trabaja en el Centro Knight para el Periodismo en las Américas.</em></p>
<div>
<p><strong>Eucalíptica: Hablando de tus orígenes literarios, ¿Cuándo descubriste tu vocación literaria?</strong></p>
</div>
<p>Paul Alonso: Yo empecé a escribir con cierta dedicación más o menos al mismo tiempo que confirmaba mis conflictos con el mundo. Es decir, alrededor de los 18 años. Era un chico confundido y no tenía nada que perder. La literatura fue una de las principales maneras que conocí de canalizar todos aquellos ímpetus que me desbocaban (todas las otras maneras que conocí me hubieran matado antes de los 30 años). Imagino, entonces, que la literatura para mí se debió a un exceso de energía.</p>
<div>
<p><strong>E: ¿Cómo es tu proceso creativo a la hora de empezar a trabajar en un</strong><br />
<strong>cuento o novela?</strong></p>
</div>
<p>PA: Los procesos han sido diferentes. Si hay algo común es que siempre he partido de una sensación de la que no puedo zafarme. Las historias toman luego forma en mi fuero interno durante un buen tiempo. Después, me siento a escribir y sale algo diferente. Y eso es lo que aún me fascina del proceso artístico de escritura: que en ese azar encuentras algún tipo de verdad que escapa de toda racionalización previa.<span id="more-852"></span></p>
<div>
<p><strong>E: ¿De donde nacen los personajes que habitan tu mundo literario?¿Cual es</strong><br />
<strong>tu inspiración?</strong></p>
</div>
<p>PA: Mis personajes comparten algún tipo de marginalidad, ya sea impuesta, contextual o por convicción. Son ‘outsiders’ que tratan en algún momento de tomar el control de su propia historia. Y en esta lucha encuentran su identidad, su conflicto. Obviamente, me inspiro en mí.</p>
<div>
<p><strong>E: ¿Cuál ha sido tu experiencia como escritor latino viviendo en Estados Unidos?</strong></p>
</div>
<p>PA: No me considero un escritor latino (what the fuck does that mean anyway?). Y si nos ponemos étnicos, tendría que decir que soy un escritor limeño que cayó en Austin y escribí algunas historias aquí. También escribí historias viviendo en otros países. Y me imagino que habría escrito historias parecidas viviendo en China o en Camerún.</p>
<div>
<p><strong>E: Tienes un extenso trabajo periodístico, ¿Qué te acomoda más el</strong><br />
<strong>periodismo o la ficción?</strong></p>
</div>
<p>PA: En realidad no me acomodo en ninguno de los dos. La comodidad es la muerte de la literatura.</p>
<div>
<p><strong>E: ¿Cuál es tu visión de la literatura latinoamericana actual y quienes</strong><br />
<strong>serían tus referentes?</strong></p>
</div>
<p>PA: Me gusta la literatura latinoamericana que busca ser más literatura que latinoamericana. Algunos de mis referentes narrativos sudacas son Ribeyro, Soriano, Puig, Fonseca y Bolaño. Y de poesía, sólo los que han leído bien a César Vallejo.</p>
<div>
<p><strong>E: ¿Algún proyecto en el futuro próximo del que nos puedas hablar?</strong></p>
</div>
<p>PA: Quiero escribir una novela testimonial sobre mi generación, pero es probable que termine escribiendo un ensayo sobre el humor involuntario.</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-765" title="divider" src="http://www.eucaliptica.com/wp-content/uploads/2008/12/divider.png" alt="" width="597" height="40" />Haz click en el enlace para leer el cuento<strong><a href="http://www.eucaliptica.com/2011/12/el-destino-de-las-tijeras/"> &#8216;El destino de las tijeras&#8217;</a>, </strong>publicado en el libro <strong>&#8220;Me persiguen&#8221; </strong>(Editorial Matalamanga, 2009)</p>
<p><em>Para leer más visita la página:<strong> <a href="http://www. paulalonso.com/">www.paulalonso.com</a></strong></em></p>
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		<title>El destino de las tijeras</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Dec 2011 18:11:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Equipo Editorial</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[El destino de las tijeras]]></category>
		<category><![CDATA[Me Persiguen]]></category>
		<category><![CDATA[Paul Alonso]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Paul Alonso, publicado en el libro &#8220;Me Persiguen&#8221; (Editorial Matalamanga, 2009) 1 Los dos cuerpos flotan sobre las aguas del Río de la Plata. Amanece. Uno de los cuerpos, el de ella, está desnudo. A la distancia, se perciben &#8230; <a href="http://www.eucaliptica.com/2011/12/el-destino-de-las-tijeras/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="color: #888888;"><em><strong>Por Paul Alonso, publicado en el libro &#8220;Me Persiguen&#8221; (Editorial Matalamanga, 2009)</strong></em></span></p>
<h2><strong>1</strong></h2>
<p><strong> </strong>Los dos cuerpos flotan sobre las aguas del Río de la Plata. Amanece. Uno de los cuerpos, el de ella, está desnudo. A la distancia, se perciben los reflejos metálicos que salen de la carne muerta. En el más absoluto silencio, leo el papel de su puño y letra:</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><em>Las tijeras son como un par de piernas filudas que parten las cosas en dos o que separan algo que estaba naturalmente unido. Por lo tanto, las tijeras son las enemigas esenciales de las cosas enteras e indivisibles, y su existencia responde a la fragmentación. A pesar de su utilidad cotidiana, son un arma letal. Pueden funcionar como un cuchillo certero. Las mejores suelen ser límpidas y de metal, pues se considera que el óxido es un aditamento poco noble, una canallada para los amantes de las tijeras. El asesinato por medio de tijeras es como escupir en un jardín de niños. Hay algo frágil y musical en la piel que se destroza ante la estocada.</em></p>
<p><em><span id="more-857"></span><br />
</em></p>
<p><strong> </strong></p>
<h2><strong>2</strong></h2>
<p>A través de la mampara de vidrio de su habitación, en el cuarto piso de la mansión de Casuarinas, Lorena observó mil luces que se estrellaban contra su piscina, vidas que estarían mejor apagadas. Y dio otra pitada mientras subía el volumen de un disco de Leonard Cohen. Hizo un amague de sentarse al piano, pero abandonó la intención. Sus dedos ya no encontraban placer en producir melodías. Le hubiera encantado ponerse a llorar como antes. Le hubiera encantado subirse a su Lexus, pisar el acelerador y estrellarse contra una familia feliz. Pero pidió un taxi y se perdió por la noche limeña y sus bares, saltando de manera agotada por una suerte de islas, como puntos negros dispersos por la ciudad y en su memoria. Lorena conoce esos pasadizos interminables; se pierde en ellos mientras se deforma, gritando alcoholizada, renunciando a la sutilidad como cualidad humana. Cuando se transforma, se convierte en el ser que más detesta: ella misma, el ser del que toda su vida se ha escapado por los caminos equivocados y que paradójicamente la conducen a sus mayores profundidades. Y en ese estado, sólo atrae al mal.</p>
<p>Avanzada la madrugada, un bohemio trasnochado la llevó a su cuarto. Uno de tantos jóvenes de barba y ojos cansados sin el más mínimo encanto ni talento. Lo peor de todo era que ni siquiera podía llorar. Desnuda sobre la cama, miró con asco al tipo a su costado. No valía la pena describirlo ni imaginar algún sonido para recordarlo. Sólo la misma rabia, la misma frustración de perderse en sí misma a través de otros seres deleznables. Y entonces, su mirada ansiosa se agitó por encontrar algo con que identificarse. Hasta que notó la existencia de unas tijeras que estaban sobre la mesa de noche. Las tijeras resplandecían como una llamada de las formas agudas puestas a su servicio, una pieza filuda del rompecabezas inacabable.</p>
<p>En un rapto de honestidad—un momento heroico que decide una vocación, un destino—cogió las tijeras y se las clavó al tipo en medio de los ojos. Luego, en la garganta. Y la sangre saltó por la habitación, por las paredes, salpicó entre sus senos. Entonces, recién pudo llorar, mientras escuchaba en su mente la primera canción que compuso. Hablaba de una piedra, de cabellos abandonados y piernas tristes.</p>
<p>Esa misma madrugada, Lorena me llamó e hicimos un juramento: salvarnos. Un sinsentido, una emotiva travesura que hoy, apenas un año después, me parece tan lejana. Pero aquella madrugada parecía lo único que podíamos hacer. Nos conocíamos desde hacía algunos años y, ante ella, mi historia dejaba de importar. Aquella madrugada me buscó para confesarme su primer crimen. Supongo que valoraba mi amistad o que estaba demasiado sola. Yo la escuché. Esta siempre ha sido mi manera de consolarla.</p>
<p>Cuando comenzó a salir el sol, nos trepamos a un taxi rumbo a su casa de Casuarinas. Eran cuatro pisos de lujo indiscriminado, de vulgaridad. Hacía mucho que aquella ostentación de sus padres había dejado de impresionarme. Con cierta vergüenza y conciente de que podía causar intimidación ante la mirada desconocida, Lorena solía esforzarse en aparentar sencillez sobre sus privilegios, que era su manera de evitar el rechazo. Se desenvolvía en medio de una falsa normalidad que paradójicamente resultaba ofensiva a muchos visitantes. A mí tan sólo me parecía torpe, y agradecía que cuando estaba conmigo se relajara y fuera honestamente insoportable.</p>
<p>Nos echamos en la cama y nos quedamos dormidos viendo una película de David Lynch. Recuerdo soñar con una carretera y con rostros atemorizantes que me hablaban de mí. En la habitación, sonaba levemente la respiración de Lorena (un susurro electrónico y triste). Era la primera de muchas noches: una despedida constante.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2><strong>3</strong></h2>
<p>Lorena era alta, blanca, de sedoso pelo castaño. De actitudes varoniles, tenía un cuerpo atlético que escondía casi siempre debajo de ropas muy anchas para ella. Era hermosa y ocultar su belleza se convertía en su principal arma. Descubrirla era como clavar su aguijón venenoso en medio de ojos de almas inconsistentes. Su extravagancia se manifestaba en un alto y grave tono de voz, y en una actitud egocéntrica que convertía en utilitario a sus necesidades al mundo que la rodeaba. No soportaba pasar desapercibida. Esta excentricidad era quizá su principal capa de defensa. Que algún desconocido pudiera detestarla o sentirse atraído momentáneamente por ella era necesario en su vida.</p>
<p>Lorena era culta y sensible: podía recitar de memoria la obra de Frederic Jameson y sentarse al piano a tocar a Beethoven o alguna canción pop. Pero al mismo tiempo tenía un paródico rasgo de humildad: no toleraba a los hombres con fantasías de divismo y odiaba a las mujeres que interpretaban alguna suerte de <em>femme fatale</em>. Detestaba la teatralidad y eso era un signo de sus contradicciones y su inocencia: creía en la sinceridad o, de manera nefasta, en la verdad.</p>
<p>Lo curioso no era que su padre la hubiera violado a los once años, sino que le hubiera sucedido a ella. No admitía como necesario aquel evento para que fuera autodestructiva. Me lo había contando alguna vez: “Siempre pensé que era demasiado excesiva para ser feliz”. Sin embargo, nunca le terminé de creer.</p>
<p>Su padre—un millonario autodidacta, un empresario culto de negocios corruptos—llegó ebrio de madrugada a la mansión de Casuarinas. Su madre—una mujer escultural veinte años menor que su esposo y que administraba una boutique de moda—se quedó dormida de manera instantánea. El padre se desplazó por uno de los cuatro pisos de la mansión y se apertrechó junto al umbral de la puerta de la habitación de Lorena. La niña dormía, mientras el hombre de cincuenta y ocho años la miraba con deseo culposo. Entonces, se acercó a ella en la oscuridad. Sobre lo que sucedió después, no se hablaría en la familia por años. Lorena siguió siendo la engreída, la niña rica a la que nada se le negaba. Paseó por todo el mundo hasta que se enfrascó en los excesos. Luego, prefirió el crimen y mi compañía.</p>
<p>Al despertarnos aquella mañana después del primer crimen de Lorena, improvisamos un plan de escape. Necesitábamos una definitiva razón para huir. Recuerdo que estaba sumamente emocionado, una mezcla de odio y adrenalina contra la perversión injusta; no la hermosa perversión que uno elije en la vida, sino aquella violenta que ciertas personas sufren como una imposición.</p>
<p>Bajamos a tomar desayuno. Las empleadas domésticas nos sirvieron café, jugo de naranja recién exprimido y huevos revueltos con salchicha. La madre de Lorena, artificialmente despampanante, se despidió de nosotros antes de irse a comprar un nuevo juego de vajilla. Era domingo y su padre seguía en la habitación, probablemente leyendo el periódico.</p>
<p>Terminamos el desayuno con calma. Tomamos otra taza de café sin pronunciar ninguna palabra. Nos miramos con aquella complicidad que hasta ahora nos ha unido. Luego, Lorena corrió hasta el baño. Yo la seguí: en sus manos sostenía dos tijeras de metal luminoso, un par de armas preciosas y discretas. Subimos dos pisos y me entregó mi arma. El hombre era alto y grueso, dueño de sí mismo incluso en pijamas. Nos miró con sorpresa cuando nos abalanzamos contra él.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2><strong>4</strong></h2>
<p><strong> </strong></p>
<p>A Lorenzo lo conocimos una tarde que fuimos al teatro en Buenos Aires. Ya veníamos huyendo con algunas cuentas saldadas y los crímenes a nuestras espaldas, y meternos a esa obra mediocre en Palermo Hollywood nos pareció una buena manera de perder el tiempo. La obra contaba la historia de una familia disfuncional que se mataba entre ellos. Era absurda y de argumento pobre. Uno de los personajes principales, el hijo raro, realizaba la mejor actuación. Pero igual la obra era un bodrio. Sin embargo, esa noche Lorena terminó llorando en su asiento.</p>
<p>Lorenzo interpretaba al hijo raro. Después de la obra, lo encontramos en un bar a pocas cuadras del teatro. Terminamos tomando cervezas en la misma mesa hasta muy tarde en la madrugada. Era un tipo sencillo, flaco, de aspecto bonachón y melancólico. Me pareció una persona insegura, carente. Por lo demás, exhibía una ternura infantil, y parecía interesado en las historias que le contábamos, casi todas mentiras. Nos cogió confianza con facilidad y nos lo dijo: “Se nota que son honestos, aventureros. Qué macanudo, locos, que vayan por ahí viviendo un poco”.</p>
<p>Luego, nos contó una parte de su historia, que parecía ser determinante en su vida. Sus padres fueron arrestados durante la dictadura militar. Esto sucedió a fines de los setenta y nunca se volvió a saber de ellos. Creció con su abuela, quien había muerto recientemente. Estudió teatro, era pobre, y tenía mucho tiempo libre. Leía los periódicos y coleccionaba todas las notas relacionadas a los juicios a militares.</p>
<p>—Y, las cosas andan difíciles en Perú, ¿no? Todo lo que ha pasado, las matanzas, la dictadura—nos preguntó.</p>
<p>—La verdad, no seguimos mucho la política—respondió Lorena.</p>
<p>Lorenzo nos miró algo desconcertado. Y entonces, para animarlo, le contamos una historia inventada que se nos ocurrió en ese instante, una historia de carretera con personajes enmascarados, mujeres fantasmales, risotadas aparatosas, situaciones incoherentes, cortes inesperados. Llegamos a convencerlo de que todo estaba relacionado en nuestra historia imposible. Y le arrancamos una sonrisa. Al despedirse esa madrugada, nos pidió nuestro correo electrónico. Dijo que nos escribiría. Luego, nos dio un abrazo que duró demasiado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2><strong>5</strong></h2>
<p>Al llegar a Buenos Aires, ya teníamos un plan. Alquilamos un cómodo departamento en el barrio de Palermo, en el octavo y último piso de un edificio que nos mostraba la sinuosa noche porteña. Allí nos mirábamos; nos queríamos en silencio. Allí también consolidamos una estrategia casi matemática, cuyas realizaciones individuales—excepto por la última—se han borrado bastante de mi memoria.</p>
<p>Teníamos una sencilla y efectiva manera de operar. Salíamos a locales nocturnos: Lorena se iba a la pista de baile o se sentaba en algún lugar visible, mientras yo me atrincheraba de manera discreta en alguna esquina de la barra del bar. Pronto, algún tipo se le acercaba y realizaban el juego de seducción por algún rato. Luego, se iban juntos. Yo los seguía discretamente. En el lugar privado que el tipo escogía, en medio del preámbulo sexual, yo entraba en escena y le aplicábamos lo que dimos en llamar “el destino de las tijeras”. Finalmente, borrábamos nuestros rastros y nos perdíamos de manera anónima en medio de la noche. Realizábamos esta secuencia alrededor de dos veces por mes.</p>
<p>Nunca hablábamos de los casos específicos luego de los sacrificios. Nunca humanizábamos ni escogíamos con alevosía a los tipos a quienes mandábamos arbitrariamente al “destino de las tijeras”. Dejábamos esta selección en manos del azar, que por supuesto tiene sus propios mecanismos de operación y si uno los analiza demasiado corre el riesgo de entenderlos y entonces se acaba la diversión y el misterio. Por lo general, sin embargo, había un patrón al menos superficial. Solían ser hombres jóvenes, entradores y quienes aparentaban tener el mundo en sus manos. Pero nunca los buscábamos. Ellos, en su persecución libidinosa, nos encontraban. “Han escogido su destino”, justificaba Lorena.</p>
<p>En Lima, la madre de Lorena no sólo la había perdonado, sino que había dejado activas todas sus tarjetas de crédito. La madre quedaba como la principal beneficiaria de los bienes de su difunto esposo y había llegado a un acuerdo con una de las trabajadoras domésticas para que asumiera la culpa por aquella muerte. La familia de Lorena se encargaría generosamente de la educación de los hijos de la antigua empleada que aceptó asumir la justicia penitenciaria por el asesinato, alegando defensa ante un ataque de su patrón. En Buenos Aires, los diarios dieron cuenta de  nuestros primeros sacrificios, como si fueran casos aislados, muertes desafortunadas en una ciudad ahora peligrosa. Desde entonces, ocultábamos los cuerpos sin vida, para que encajaran durante algún tiempo en la categoría de desaparecidos.</p>
<p>Aunque éramos unos extranjeros indeseables en nuestras prácticas secretas, durante el día oficiábamos de turistas. Incursionábamos en las interminables librerías de la ciudad, leíamos durante horas en las cafeterías, recorríamos restaurantes de diversas calidades en su monotonía de carnes y pastas, captábamos imágenes impredecibles por las calles y avenidas entre el Centro y el final de Belgrano, nos atosigábamos de vino, discos y películas. El resto del tiempo tratábamos de entender aquellos lamentos y fantasmas locales hasta palpar las huellas de la debacle.</p>
<p>Poco después de conocerlo, recibimos un correo de Lorenzo y al día siguiente se apareció en la puerta de nuestro departamento. “Sentí que tenía que volver a verlos”, dijo Lorenzo, entregándonos su abrigo e instalándose en la sala. Pasamos toda la tarde juntos. Conversamos, fumamos porros, tomamos vino y comimos empanadas. Desde entonces, sus visitas se hicieron costumbre. Disfrutaba de nuestra compañía y nosotros terminamos por tenerle aprecio. Parecía necesitarnos. No exagero si digo que nos admiraba. No sé exactamente por qué, pero escuchaba asombrado nuestras historias inventadas, elogiaba nuestra aparente falta de apego al mundo, y celebraba nuestra indiferencia por los seres humanos. Jamás sospechó que éramos una pareja de asesinos. Tampoco imaginaba nuestras historias personales, aquellas a las que Lorena y yo siempre teníamos que volver para tratar de entendernos.</p>
<p>Por su cuenta, Lorenzo sí podía contarnos su verdadera historia o, al menos, la que él había asumido con convicción. Lorenzo era un crío cuando sus padres desaparecieron. Nunca tuvo certeza sobre el evento, pero había leído mucho sobre el tema. Así fue perfeccionando su ficción: sus padres son apresados mientras pegan afiches en una calle y son acusados de difundir propaganda contra los militares; luego son trasladados a un local de interrogatorios y torturas. Su madre está vestida de blanco y su padre tiene una chompa azul. Gritan, se retuercen y escupen ante los golpes de los botines de cuero negro. No tienen absolutamente nada que decir. Los llevan por un corredor, se aprietan de las manos, son forzados a dejarse. Los encierran en habitaciones separadas. Quizá alguna noche su padre escucha llorar a lo lejos a su mujer o quizá sucede al revés. En todo caso, nunca vuelven a verse. Lorenzo habla con detalle, incluso con morbo, sobre los cortes, la electricidad en los genitales, el ahogamiento, las vejaciones interminables. Su relato minucioso nos dejaba con una impresión vívida. Nunca nos decía, sin embargo, si sus padres morían.</p>
<p>Sin darnos cuenta, comenzamos a tratarlo como un niño; adoptamos al huérfano. Pero entonces ocurrió algo inesperado. Quizá porque una de mis pocas virtudes es la buena percepción, la anticipación, supe lo que sucedía incluso antes que ellos: Lorenzo se había enamorado de Lorena. Aquellas miradas y silencios eran inequívocos. Para Lorenzo, ella era una mujer arrebatada, inteligente, decidida, por encima de conflictos menores. Pobre Lorenzo, pensé. Y sentí más pena la tarde en que él, mientras Lorena se daba un baño, me preguntó si había una relación amorosa entre nosotros. “Y, te lo pregunto porque viven juntos, pero nunca los vi darse un beso”, explicó. Le dije que entre Lorena y yo sólo había una buena amistad. Esta trillada respuesta pareció alegrarlo. Jamás podría entender que considerábamos al amor de pareja un sentimiento sobrevaluado, especialmente en aquellas noches privilegiadas cuando regresábamos juntos al departamento, con el olor a sangre impregnado en nuestra existencia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2><strong>6</strong></h2>
<p>Lorena tuvo romances con algunos hombres, pero sobre todo, con ciertas mujeres. Yo conocía aquellas historias de memoria, y por alguna razón azarosa siempre había estado en sus momentos de desilusión para consolarla con mi silencio. Sabía que había sufrido especialmente con sus amantes femeninas, quienes no le ofrecieron más que transitorias experiencias lésbicas. Lorena siempre había establecido sus relaciones con mujeres asumiendo el rol de madre o hija; amante y, con menos frecuencia, objeto de amor. Pero ella, incluso ante el fracaso inminente, siempre se entregaba. A su manera, claro. Y es que tenía una particular forma de generosidad: podía regalarte de improviso algo suntuoso, pero negarte alguna baratija sin importancia.</p>
<p>Por mi cuenta, podía llevarlo bien. No esperaba de ella nada más que una celebración de mis morbos y estaba convencido de que ella no esperaba de mí más que una utilitaria compañía. En el fondo era así, aunque nos doliera. Y esto nos parecía la manera más sincera de amor.</p>
<p>Por la tarde Lorenzo llegó a nuestro departamento. Sacó un porro; buscó fuego para encenderlo. Fue hacia la gaveta de la cocina y la abrió. Le llamó la atención la gran cantidad de tijeras metálicas que ahí guardábamos. Con Lorena sentíamos que se nos acababa el tiempo y habíamos decidido incrementar los sacrificios. Le dimos una mala excusa a Lorenzo con la que quedó satisfecho. Ya me parecía obvio que Lorenzo amaba a Lorena y no tengo dudas de que ella también lo sabía. Pero él no pensaba seducirla. No sólo porque era tímido, sino porque significaba quebrar aquel triángulo, aquel aparato afectivo que él había promovido, pero en el que nunca dejó de ser secundario. Sin embargo, me hubiera gustado que la sedujera. Tenían una pequeña probabilidad de darse felicidad efímera. Y eso era bastante. Pero no iban a hacerlo: en primer lugar, porque existía yo y sin mí estaban incompletos. En segundo lugar, Lorenzo era un imbécil, un tipo de sencillez intercambiable, y Lorena era demasiado vulnerable. Es decir: existía yo y sin mí estaban incompletos.</p>
<p>Lorenzo salió un momento a comprar cigarrillos. Lorena llenó las copas de vino y fijó su mirada en mí. Noté que era una noche inusual de autocompasión.</p>
<p>—Dime que sabrás dejarme—me dijo en voz baja, con la vergüenza de quien ha comenzado a fallar. Llevábamos ya casi un año en Buenos Aires y un par de decenas de muertos. Hasta entonces nunca había sentido el más mínimo arrepentimiento de su parte.</p>
<p>—¿A dónde podría irme?—le pregunté.</p>
<p>Lorena se inquietó; su mirada buscó las palabras en el cenicero. Sentí como si estuviéramos llegando a un momento inevitable, a un cambio de ritmo que nos volvería a definir.</p>
<p>—El regreso no es el único camino—dijo finalmente, y secó su vaso de vino.</p>
<p>Me quedé mirándola con odio. Pensé en carreteras y en el mundo entero descascarándose al ritmo de una música triste que salía de un piano húmedo. Pensé en sus dedos penetrando mi pecho como un arma cubierta de piel. Y sentí que me cortaba en pedazos.</p>
<p>Entonces, Lorena me pidió que salgamos a matar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h2><strong>7</strong></h2>
<p>Lorenzo regresa al departamento con un atado de cigarrillos. “Nos vamos”, le decimos. Nos ponemos los abrigos. Inevitablemente, Lorenzo decide acompañarnos. Salimos del edificio, nos trepamos a un taxi. Es de madrugada en San Telmo. Buenos Aires ya es nuestra, en la medida en que cualquier ciudad de paso puede serlo. Hace frío. La gente, por la calles, busca cobijo.</p>
<p>El bar es pequeño; está reventando. Atrincherados en el local, buscamos cuerpos, ojos, secuencias: un último pedazo de amor. Lorena luce diferente. Sé que estamos algo sensibles, aprehensivos. Quizá es por la conversación que tuvimos o por la presencia de Lorenzo. Pero hay algo más; tengo un raro presentimiento. Hay ciertas intuiciones que uno se permite de vez en cuando y esta noche he decidido ahogar las mías en vasos de whisky. Me he sentado como de costumbre en la barra del bar. Lorenzo está a mi lado, anodino. Lorena baila sola, un poco más alcoholizada que de costumbre, con los ojos cerrados en una improvisada pista de baile.</p>
<p>Un joven de camisa blanca y saco azul, acuciosamente despeinado, se le acerca. La roza con sutil prepotencia; la despierta de su baile ensimismado. Se pone detrás de ella, moviendo levemente el cuerpo, amenazando con abrazarla. Lorena lo mira, sonríe, y vuelve a cerrar los ojos. Desde la barra del bar, los observo y pido otro vaso de whisky. Cuando acaba la canción, el tipo la invita a la mesa. Pide dos tragos. La mira con deseo, sin tapujos. Se lo hace notar, quizá incluso se lo dice de manera directa. Lorena lo acepta.</p>
<p>Lorenzo se sorprende y se me queda mirando en busca de una explicación. No entiende por qué nos hemos separado de esta manera en el bar y menos aun por qué Lorena se exhibe ante otros hombres. Quizá presiente que tenemos una estrategia oculta. Eso lo asusta o le produce rencor por no estar incorporado en ella. Sus ojos me interpelan. Me dan ganas de darle un golpe y mandarlo a dormir.</p>
<p>El galán deja su actitud canchera y se juega por lo tierno. La abraza e imposta una mirada dulce. Es patético. En los próximos minutos se decidirá nuestro destino. Sin embargo, he reconsiderado mi presentimiento y, por lo tanto, ya he tomado una decisión: sé que voy a traicionar a Lorena.</p>
<p>Ella se va al baño. En su camino de regreso, como siempre, pasa por mi costado. Me dice el acostumbrado “te veo pronto”, jala con delicadeza mi saco y, sin que yo lo advierta, deposita un papel en mi bolsillo. Se aleja. Lorenzo intenta detenerla, pero ella no le hace caso. Se lo sacude con un gesto, como si fuera un bicho molesto. Regresa a la mesa con el argentino, quien paga la cuenta, la toma de la mano y la lleva fuera del bar. Seco mi vaso de whisky. Los sigo. Lorenzo sigue desconcertado, pero atina a ponerse de pie y corre detrás de mí.</p>
<p>Al llegar a la puerta de salida, noto que ya están como a media cuadra, distancia que me parece prudente mantener. El tipo saca del bolsillo del pantalón unas llaves y se detiene junto a un Toyota negro. Le abre la puerta. Antes de que Lorena entre al auto, la aprieta de la cintura y le estampa un beso largo en los labios. Luego, la deja caer en el asiento de copiloto y cierra la puerta. Corre rápidamente por detrás del auto; se sienta frente al volante. Las luces del auto se encienden, mientras yo detengo un taxi.</p>
<p>El Toyota negro llega a la plaza de San Telmo. Entra por una de las callejuelas aledañas hasta llegar a una avenida que desemboca en la Costanera. En la zona que colinda con el Río de la Plata, el tipo estaciona el auto al pie de unos árboles.</p>
<p>Bajo del taxi. Lorenzo es como mi sombra. Aunque está oscuro puedo ver las figuras de los amantes acercándose dentro del Toyota. Hay movimiento erótico. Espero algunos minutos, el tiempo que Lorena suele tomarse antes de dar la primera estocada que da lugar a mi aparición. Pero nada sucede.</p>
<p>—Dime qué está pasando—me ruega Lorenzo, por enésima vez.</p>
<p>—Nada de preguntas—le digo. Aturdido, vuelve a quedarse en silencio.</p>
<p>Los cuerpos de los amantes en el auto se agitan. El argentino ha echado los asientos para atrás: está sobre Lorena; su cuerpo se mueve encima de ella. Las manos de Lorena cuelgan sobre los hombros del tipo, unas manos inertes, flácidas, agotadas. Lorena me está traicionando y también al imbécil que está a mi costado.</p>
<p>De pronto, Lorenzo se larga a correr hacia el Toyota negro. Acerca su rostro a la ventana y comienza a golpear con desesperación el techo y la parte lateral del auto. El argentino se sobresalta y grita: “¿Qué mierda pasa?”</p>
<p>“¡Dejála, hijo de puta!”, responde Lorenzo. El argentino sale del auto y Lorena también. Cuando el tipo se dispone a golpear al energúmeno de Lorenzo, se da cuenta de que éste conoce a Lorena. Entonces, se asusta. “¡La puta que los parió!”, grita mientras vuelve a subirse rápidamente al auto. El Toyota negro se aleja a toda velocidad por la Costanera.</p>
<p>Hay segundos de silencio, indiscutible preámbulo para un final. Parados uno frente al otro, Lorenzo contempla a Lorena a los ojos y comienza a llorar. Ella se acerca a él, como si fuera a consolarlo. Lo toma del hombro y le enreda la espalda con el brazo izquierdo. Con la tijera en la mano derecha le clava una fuerte estocada en el estómago. Lorenzo cae de rodillas. Ella se agacha y lo finiquita: mueve con destreza las puntas del instrumento de metal, destrozando vísceras y órganos internos. La tijera, resplandeciente, queda clavada en el cuerpo desparramado de Lorenzo.</p>
<p>Entonces, Lorena voltea hacia mí. No me he movido de la posición en que estaba. Más de diez metros nos separan, pero podemos observarnos con claridad. Meto la mano en mi bolsillo del saco y no sólo encuentro la tijera de metal, sino también un pedazo de papel. Lorena avanza hacia mí, desarmada.</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-765" title="divider" src="http://www.eucaliptica.com/wp-content/uploads/2008/12/divider.png" alt="" width="597" height="40" /></p>
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		<title>Decálogo para un fin del mundo</title>
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		<pubDate>Wed, 30 Nov 2011 19:51:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Equipo Editorial</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[Fantasia]]></category>
		<category><![CDATA[Fernando Muñoz]]></category>
		<category><![CDATA[Fin del mundo]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Fernando Muñoz I. Desconfía: Dejad de creer en los políticos, porque quienes no han cumplido su promesa ayer, no la cumplirán mañana. II. No pienses en el dinero, pues muy pronto no tendrá ningún valor, y realmente nunca lo &#8230; <a href="http://www.eucaliptica.com/2011/11/decalogo-para-un-fin-del-mundo/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter size-full wp-image-849" title="ciudad" src="http://www.eucaliptica.com/wp-content/uploads/2011/11/ciudad.jpg" alt="" width="600" height="266" /></p>
<p style="text-align: right;"><span style="color: #888888;"><em><strong>Por Fernando Muñoz</strong></em></span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="color: #000000;">I.<br />
Desconfía: Dejad de creer en los políticos, porque quienes no han cumplido su promesa ayer, no la cumplirán mañana.</span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="color: #000000;">II.<br />
</span>No pienses en el dinero, pues muy pronto no tendrá ningún valor, y realmente nunca lo ha tenido.</p>
<p style="text-align: left;">III.<br />
Aprende a cultivar la tierra y a entender los ciclos naturales, es un talento que usarás en el futuro próximo.</p>
<p style="text-align: left;">IV.<br />
Estrecha tus lazos con tus amigos más cercanos y tu familia, serán tu único círculo de protección.</p>
<p style="text-align: left;">V.<br />
Practica tu caligrafía, los teclados no te servirán de mucho sin electricidad; y es importante que escribas lo que vivas.</p>
<p style="text-align: left;">VI.<br />
Si amas a alguien, demuestra tu amor. Si no, busca a quien amar sin condiciones; pronto sólo estarás preocupado de sobrevivir y el amor será algo secundario.</p>
<p style="text-align: left;">VII.<br />
No guardes ni oro ni metales preciosos. Colecciona semillas y mapas con la ubicación de riachuelos y vertientes.</p>
<p style="text-align: left;">VIII.<br />
Si crees en dios aférrate a tu fé. Si no, ya es tarde para empezar.</p>
<p style="text-align: left;">IX.<br />
Prepara tu equipo de sobrevivencia y tenlo a mano; mochila, comida no perecible, baterias, cuchillo, fósforos y un poco de alcohol. Este último lo necesitarás más de alguna vez, pues verás cosas que nunca deseaste.</p>
<p style="text-align: left;">X.<br />
Entrena, mantente en forma, práctica el arte de la defensa personal; tu cuerpo será tu mejor arma.</p>
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		<title>Viajero Secreto</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Nov 2011 17:54:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Equipo Editorial</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía]]></category>

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		<description><![CDATA["Viajero Secreto" es un poema de Nicole Lafourcade, que nos transporta a un mundo onírico, a un espacio donde viven los recuerdos: "Eras el hijo pródigo de la lluvia/ me decías,/ porque bajo ese techo a la intemperie/ ni toda la tristeza de la vida/ podía mojar tu sombra pasajera." <a href="http://www.eucaliptica.com/2011/11/viajero_secreto/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter size-full wp-image-843" title="tren" src="http://www.eucaliptica.com/wp-content/uploads/2011/11/tren.png" alt="" width="597" height="264" /></p>
<p style="text-align: right;"><em><strong>Por Nicole Lafourcade</strong></em></p>
<p style="text-align: left;">Amabas los trenes con terquedad<br />
porque te evitaban el terror<br />
de quedarte como un ancla<br />
pegado a tierra.<br />
Me hablabas de esos seres vaporinos<br />
moviéndose entre soñadas estaciones<br />
como por entre la brisa marina que movió tu infancia,<br />
asomando sus narices tiznadas<br />
de carbón<br />
con cierto miedo<br />
cierta desconfianza,<br />
sin ánimo alguno de quedarse.</p>
<p>Eras el hijo pródigo de la lluvia<br />
me decías,<br />
porque bajo ese techo a la intemperie<br />
ni toda la tristeza de la vida<br />
podía mojar tu sombra pasajera.<br />
El hijo que volvía a bordo<br />
agazapado<br />
cada viernes bien de madrugada<br />
al fortuito encuentro con los brazos<br />
del padre amurallado.</p>
<p>Nadie sabe que tu sombra<br />
no se perdió en aquella madrugada<br />
de abril cuando se fue tu adiós.</p>
<p>Pocos saben que el dragón de fierro<br />
y corteza ennegrecida,<br />
te lleva en sus entrañas<br />
encendiendo los caminos.</p>
<p><small>Puedes leer más de Nicole Lafourcade en <a href="http://www.cabalgata.com">www.cabalgata.com</a></small></p>
]]></content:encoded>
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		<title>David Núñez, gana concurso de Revista Paula</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Nov 2011 03:03:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Equipo Editorial</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrevistas]]></category>
		<category><![CDATA[Noticias]]></category>
		<category><![CDATA[Concurso Paula]]></category>
		<category><![CDATA[David Nuñez]]></category>
		<category><![CDATA[Revista Paula]]></category>

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		<description><![CDATA[Felices nos sentimos de comunicar que nuestro amigo, colaborador y co-creador de Eucalíptica ha recibido el primer lugar en el Concurso de Cuentos 2011 de Revista Paula. El jurado estuvo compuesto por el poeta y novelista argentino Fabián Casas, el &#8230; <a href="http://www.eucaliptica.com/2011/11/david-nunez-gana-concurso-de-revista-paula/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Felices nos sentimos de comunicar que nuestro amigo, colaborador y co-creador de Eucalíptica ha recibido el primer lugar en el Concurso de Cuentos 2011 de Revista Paula.<br />
El jurado estuvo compuesto por el poeta y novelista argentino Fabián Casas, el escritor chileno Germán Marín y la editora y periodista de Paula especializada en literatura  Marcela Fuentealba.<br />
Casi 600 obras participaron en esta versión del concurso y David obtuvo el primer lugar con el cuento &#8220;Bajo Tierra&#8221; inspirado en los sucesos ocurridos durante el rescate de los 33 mineros chilenos.<br />
La participación de David en Eucalíptica puede ser leída <a href="http://www.eucaliptica.com/?s=Nuñez">aquí</a></p>
<div id="attachment_777" class="wp-caption aligncenter" style="width: 232px"><a rel="attachment wp-att-777" href="http://www.eucaliptica.com/2011/11/david-nunez-gana-concurso-de-revista-paula/david_reportaje_paula/"><img class="size-medium wp-image-777" title="David Reportaje Paula" src="http://www.eucaliptica.com/wp-content/uploads/2011/11/David_Reportaje_Paula-222x300.jpg" alt="" width="222" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Reportaje a David Nuñez en Revista Paula (Haz click para agrandar)</p></div>
<p><a href="http://www.paula.cl/blog/concurso-de-cuentos/2011/11/05/el-ganador-concurso-de-cuentos-paula-2011/">Lee la nota en Revista Paula aquí</a></p>
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		<title>Juegos Literarios</title>
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		<pubDate>Sun, 06 Nov 2011 12:02:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>David Nuñez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Costaluna]]></category>
		<category><![CDATA[David Nuñez]]></category>

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		<description><![CDATA[Por David Núñez Fermín Carrizo era un escritor dueño de algo que podría llamarse un talento excepcional. Tan excepcional, sin embargo, que si uno lo analiza en detalle, también podría considerarse una cualidad francamente peligrosa e incierta. Al cabo de &#8230; <a href="http://www.eucaliptica.com/2011/11/juegos-literarios/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em><strong>Por David Núñez</strong></em></p>
<p>Fermín Carrizo era un escritor dueño de algo que podría llamarse un talento excepcional. Tan excepcional, sin embargo, que si uno lo analiza en detalle, también podría considerarse una cualidad francamente peligrosa e incierta. Al cabo de unos pocos años de solitaria labor literaria, Carrizo comenzó a caer en la cuenta que su literatura de una u otra forma siempre terminaba convirtiéndose en realidad. Pero no en una realidad subjetiva o interpretativa, sino en muchos casos en una realidad bastante concreta y detallada.</p>
<p>Primero fue el viaje a la India de su prima Cecilia y su encuentro amoroso con un periodista inglés, argumento de una de sus primeras novelas.<br />
Después fue el robo en su casa de la costa, incidente en el cual lo despojaron de un disco de vinilo que él había robado a su vez de una exposición de música antigua, relato que ganó el primer lugar en el concurso de cuentos de la Universidad Central de Costaluna.<span id="more-834"></span></p>
<p>Luego fue el nacimiento de su hijo Ángel, muerto a los tres meses a raíz de una neumonía, situación que él había escrito –o previsto– en otra de sus novelas.<br />
En todos los casos el grueso de los acontecimientos se traspasaba invariablemente de los libros a la vida real. Cambiaban algunos nombres, lugares, una que otra descripción física, pero el resultado final era siempre espantosamente el mismo. Así fue como empezó a establecer las primeras conexiones, algunas más evidentes que otras, pero en general todas con un alto grado de lógica. Descubrir lo de su esposa Teresa fue un golpe duro. Una noche, tras releer todos sus libros, se dio cuenta de la verdad: su mujer le era infiel con su hermano mayor, Ernesto.</p>
<p>En un principio Carrizo se negó a creer lo que leía, asumiendo que sólo se trataba de sugestiones suyas y malos entendidos. Llegó a pensar que quizás necesitaba ayuda sicológica, alguien que lo golpeara en el rostro y lo hiciera despertar justo antes de caer al abismo. Con el paso de las horas, sin embargo, no le quedó más remedio que mirar el vacío y asumir lo evidente. Pequeños gestos, contradictorios detalles en la conducta de Teresa y Ernesto y que él ya había escrito previamente en diversos pasajes de sus libros, terminaron por convencerlo que su literatura no mentía.<br />
Luego de examinar los hechos llegó a la conclusión de que la única forma de librarse de todo aquello era mediante su propia literatura. A Teresa, pese a todo, la amaba y aún sentía ese pujante deseo de acariciar su espalda cada mañana. En la lectura que hacía de su obra, a su mujer la personificaba siempre como una víctima pasiva, como una flor que se dejaba llevar inocente por el viento que soplaba con mayor colorido. Con Ernesto la situación era distinta. A su hermano lo había llegado a odiar con una pasión que el mismo desconocía, y que parecía no caber en los estantes de ninguna biblioteca. Como sucede con la mayoría de los arrebatos pasionales, tomó la decisión de matarlo de un momento a otro, sin siquiera discutirlo consigo mismo, sin siquiera considerar las implicaciones morales de aquel acto. El asesinato debía ser literario, una ficción que se vuelve realidad, un suicidio, se dijo, para que nadie sospechara de él y en lo posible con muchas personas de testigo. Algo circunstancial donde nadie pudiera vincularlo directamente.</p>
<p>Esa misma noche tomó lápiz y papel y desarrolló el argumento: la próxima semana Fermín y Teresa celebrarían su décimo aniversario de bodas en la casa de campo de la tía Marta. Según era tradición, toda la familia estaría presente, incluyendo su hermano. Cerca de la medianoche, Ernesto, tras ver a Teresa y Fermín toda la velada juntos, se dirigiría al baño y se echaría a llorar frente al espejo. En ese mismo lugar encontraría un frasco lleno de sedantes que el propio Carrizo dejaría allí la noche anterior. Deprimido por no poder estar con su amante, ofuscado por no ocupar un lugar más permanente en la vida de Teresa, Ernesto ingeriría todos los sedantes del frasco, uno tras otro, como en una coreografía. Cinco minutos después el tío Benjamín lo encontraría en el suelo del baño. A Ernesto lo llevarían de urgencia a un hospital, pero ninguna maniobra podría evitar que media hora más tarde lo declararan muerto de un paro respiratorio.</p>
<p>Fermín escribió el argumento de forma impecable y luego guardó el manuscrito en su escritorio, en un cajón  bajo llave. Miró por una ventana y notó que comenzaba a oscurecer. Se sobrecogió al sentir una especie de alivio que no había experimentado antes.</p>
<p>Durante aquella noche la celebración transcurrió con normalidad: los invitados comían y bebían en abundancia, los niños corrían y saltaban por los pasillos de la casa, Teresa se mostraba preocupada por los detalles, Fermín disimulaba una falsa tranquilidad y Ernesto solo, en un rincón, fumaba. Las miradas de ambos no se cruzaron en toda la noche; un tibio abrazo a la llegada de Ernesto había sido todo el acercamiento entre ambos hermanos en más de tres meses. A esa altura del juego para Fermín ya no existían odios ni remordimientos, sólo un extraño sentimiento de justicia que lo invadía con dudoso placer. Cerca de la medianoche, y mientras todos conversaban alrededor de la chimenea, Ernesto se levantó de la silla donde conversaba con el abuelo Pepe y se dirigió al baño. Fermín lo siguió con la vista, solapadamente, a la espera que la escena final se representara en su totalidad. Sintió que sus pulsiones subían y que se le dormían los brazos y las piernas. Apenas lograba sostener la copa de vino que mantenía entre sus dedos. Deseaba que todo ocurriese rápido, deseaba ya estar en la semana siguiente, todo consumado. Luego de cinco minutos insufribles, y mientras preveía que el tío Benjamín debía estar encontrándose con el cuerpo de su hermano, vio a Ernesto reaparecer con total calma en medio de la sala, incorporándose como uno más a la reunión, a la conversación con el abuelo Pepe y a la vida material de la que ya debía haber partido.</p>
<p>Lo primero que pensó Carrizo fue en los sedantes. Recordó perfectamente haber dejado el frasco con pastillas a la vista de cualquiera, tal como lo escribiera la semana anterior. Pensó que alguien pudo cambiarlos de lugar o de contenido y haber echo que todo variara, que la historia tomara un rumbo insospechado. Se levantó del sillón donde estaba junto a Teresa y caminó torpemente hacia el baño. Encontró el frasco con sedantes donde él mismo lo dejara la noche anterior. Las pastillas estaban todas dentro del envase de plástico y no parecían haber sido desplazadas por ninguna persona. No entendía qué había fallado. Pensó en ir a su estudio, abrir al cajón bajo llave y modificar el argumento, hacer que las aguas volvieran a su cauce. Pero era una idea absurda, el argumento estaba en el escritorio de su estudio, en la ciudad, a cincuenta kilómetros de la casa donde se hallaba en ese momento. Sintió de pronto el peso de la fatalidad. Sin darse cuenta cómo se sucedían las cosas, se vio a sí mismo llevándose los sedantes a la boca uno tras otro, lenta e inexorablemente. Intentó oponer resistencia, pero fue en vano, su voluntad terminó por quebrarse. Sin más resguardos, vio ahora como bebía un vaso con agua que estaba en una de las repisas, que no había visto antes y que por la frescura del líquido se podía inferir que había sido puesto allí hace muy poco. No entendía porqué actuaba así, porqué no podía evitar seguir devorando sedantes y más sedantes. Tampoco entendía porqué al cabo de un minuto estaba en el suelo, advirtiendo que se hundía y con la brumosa cara del tío Benjamín tratando de decirle algo que escapaba a su razón. No podía saber que su vida había sido un relato con final trágico. Un juego de la imaginación y la envidia. No podía saber que su don de escritor profeta no era algo propio y exclusivo de él, sino un secreto compartido por toda su familia, heredado de generación en generación. No podía saber, no debía saber, que estas páginas habían sido escritas por Ernesto, su hermano, muchísimo antes de que él sospechara nada. Muchísimo antes que él intuyera o adivinara la desgraciada virtud que lo condenaría.</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-765" title="divider" src="http://www.eucaliptica.com/wp-content/uploads/2008/12/divider.png" alt="" width="597" height="40" /></p>
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		<title>Hojas, palabras y sueños</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Nov 2011 23:03:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Muñoz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Fernando Muñoz]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Fernando Muñoz Obséquiame un libro usado, leído por tus ojos y acariciado por tus manos. Regálame un libro usado, que te haya hecho soñar en alguna ventana para irme también en ese sueño. Regálame un libro usado, que te &#8230; <a href="http://www.eucaliptica.com/2011/11/hojas-palabras-y-suenos/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><em><strong><img class="alignnone size-full wp-image-755" title="libros" src="http://www.eucaliptica.com/wp-content/uploads/2011/11/libros.png" alt="" width="597" height="288" /><br />
Por Fernando Muñoz</strong></em></p>
<p>Obséquiame un libro usado,<br />
leído por tus ojos<br />
y acariciado por tus manos.</p>
<p>Regálame un libro usado,<br />
que te haya hecho soñar en alguna ventana<br />
para irme también en ese sueño.</p>
<p>Regálame un libro usado,<br />
que te haya llevado a algún lugar distante;<br />
y así tal vez, yo también poder irme&#8230;<br />
y traerte de vuelta.</p>
<p><small>(Foto: Jocelyn Muñoz)</small></p>
]]></content:encoded>
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		</item>
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		<title>De Halloween y Nueva Orleans</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Oct 2011 04:18:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Muñoz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento Corto]]></category>
		<category><![CDATA[Dia de los muertos]]></category>
		<category><![CDATA[Fernando Muñoz]]></category>

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		<description><![CDATA[Por Fernando Muñoz A la medianoche, cuando el reloj da la doceaba campanada, es cuando los muertos se dejan salir por las calles del puerto. Pero, no hay para que asustarse pues es la única vez del año en que &#8230; <a href="http://www.eucaliptica.com/2011/10/de-halloween-y-nueva-orleans/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><img class="alignnone size-full wp-image-752" title="muertos" src="http://www.eucaliptica.com/wp-content/uploads/2011/10/muertos.png" alt="" width="597" height="288" /><br />
<em><span style="color: #888888;"><strong>Por Fernando Muñoz</strong></span></em></p>
<p style="text-align: left;">A la medianoche, cuando el reloj da la doceaba campanada, es cuando los muertos se dejan salir por las calles del puerto. Pero, no hay para que asustarse pues es la única vez del año en que pueden circular libremente, y como tienen que andar asustando siempre, esta es la ocasión para darse un recreo.<br />
Los primeros en llegar a los bares y los clubes del centro de la ciudad son los que viven en los cementerios antiguos, en las casonas de principios del siglo 19 y los que dejaron el mundo de los vivitos en alguna que otra callejuela, callejón o esquina de la Nueva Orleans.<br />
Si bien es cierto los muertos están felices de poder andar para arriba y para abajo sin despertar sospechas, sin ser detenidos ni que les anden exigiendo papeles y documentos, de vez en cuando se molestan y dejan ver su eterno desprecio por la simpleza y estupidez con que los vivos se comportan.<br />
Se dicen para si mismos: &#8220;¿De qué se preocupan, para qué se estresan? si al final todos iremos a parar donde mismo y una vez al año terminaremos bailando el swing&#8221;- o se susurran a los oidos medio descompuestos: &#8220;Mira esa vieja tiene una cara de muerta; ni muerto la saco a bailar&#8221; &#8211; Sin embargo, la linea que separa a los muertos de los vivos no es tan grande ni tan determinada y hay ocasiones, y digamos que ha sucedido más de lo imaginado&#8230; que entre tanta revoltija de vivos con muertos, muertos haciéndose los vivos y vivas haciéndose las mosquitas muertas; más de uno que otro ha terminado enredado y luego de la música, el candente bailar de caderas y el abuso del alcohol, más de alguno ha terminado con una desagradable sorpresa al día siguiente, cuando descubre que a su lado no yace un amante, sino un difunto. Y bueno, para el muerto&#8230; digamos que se pasó de vivo.</p>
]]></content:encoded>
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		<title>La Cortejada</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Oct 2011 08:05:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Muñoz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Fernando Muñoz]]></category>

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		<description><![CDATA[Por: Fernando Muñoz El tiempo ya pasó el de los suspiros y el de los sueños un mundo que se cae a pedacitos como la pintura en la casa vieja la casa chica esa casa donde crecimos. El tiempo, movedizo, &#8230; <a href="http://www.eucaliptica.com/2011/10/la-cortejada/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><span style="color: #999999;"><em><strong>Por: Fernando Muñoz</strong></em></span></p>
<p>El tiempo ya pasó<br />
el de los suspiros y el de los sueños<br />
un mundo que se cae a pedacitos<br />
como la pintura en la casa vieja<br />
la casa chica<br />
esa casa donde crecimos.</p>
<p>El tiempo, movedizo, circular, cuncunar<br />
eterno, a veces efímero&#8230; casi siempre efímero.</p>
<p>Y pienso que te vas<br />
pero, soy yo el que se está yendo.<br />
la perspectiva de las cosas&#8230;</p>
<p>La piel se hace vieja<br />
los ojos se hacen viejos<br />
los sueños se evaporan<br />
en este desierto de sentimientos<br />
en este desierto de emociones</p>
<p>¿Dónde quedó el ímpetu de la infancia?<br />
¿Dónde quedaron mis disfraces de héroes?<br />
¿Dónde quedaron mis libros de poemas?<br />
¿Dónde quedo ese brillo en mis ojos?</p>
<p>La bala asesina, perdida y anónima<br />
fue a darme en el medio del alma<br />
no sólo quebrándola<br />
sino, reventándola<br />
igual que esas burbujas que lanzaba<br />
al cielo infinito cuando era niño<br />
al principio hermosas, delicadas<br />
luego un tambaleo&#8230;<br />
para desintegrarse en la nada misma<br />
desintegrarse&#8230; eso!<br />
mi alma desintegrada por una bala moribunda.</p>
<p>Y el beber para olvidarlo<br />
no me ha llevado a ninguna parte<br />
tampoco, el querer perderme en los sueños de antaño<br />
la melancolia es una trampa,<br />
es una mujer a la vuelta de la esquina<br />
con una máscara de inocencia<br />
pero que en el fondo solo desea devorar lo poco y nada que queda en los huesos.</p>
<p>Y para que me trajiste a este mundo<br />
crees que me gusta esta vida?&gt;</p>
<p>promesas de un paraíso no son suficiente<br />
quiero mi paraíso aquí y ahora!</p>
<p>Sin puertas, sin rejas,<br />
sin peros ni condiciones.<br />
porque a tu imagen y semejanza fui concebido<br />
y a tu imagen y semejanza moriré algún día.</p>
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		<title>Entre la ciudad y el corazón</title>
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		<pubDate>Fri, 14 Oct 2011 22:37:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Fernando Muñoz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Ciudad]]></category>
		<category><![CDATA[Fernando Muñoz]]></category>
		<category><![CDATA[Mujer]]></category>
		<category><![CDATA[urbana]]></category>

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		<description><![CDATA[Por: Fernando Muñoz De sonidos, ciudad. pasos y voces, conversaciones al pasar. De tu voz, juntos almorzando recuerdos y palabras, mientras la lluvia acariciaba la piel triste de las ventanas. Los pestillos tiritando no del frio, sino del pasar de los &#8230; <a href="http://www.eucaliptica.com/2011/10/entre-la-ciudad-y-el-corazon/">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.flickr.com/photos/madalennia/1660902086/"><img class="alignnone size-full wp-image-686" title="ciudad" src="http://www.eucaliptica.com/wp-content/uploads/2011/10/ciudad.png" alt="" width="597" height="323" /></a></p>
<p style="text-align: right;"><span style="color: #888888;"><em><strong>Por: Fernando Muñoz</strong></em></span></p>
<p>De sonidos,<br />
ciudad.<br />
pasos y voces,<br />
conversaciones al pasar.</p>
<p>De tu voz,<br />
juntos almorzando recuerdos y palabras,<br />
mientras la lluvia<br />
acariciaba la piel triste de las ventanas.<br />
Los pestillos tiritando<br />
no del frio,<br />
sino del pasar de los autos,<br />
los temblores, los trenes<br />
o alguna réplica en tu corazón.</p>
<p>y el tiempo&#8230;<br />
silencioso y frio, atravezando los cuerpos<br />
para recordarnos que la carne duele.</p>
<p>Tus ojos acariciando el pasado,<br />
como si pudiese tocarse<br />
ahí tan cerca de los mios.</p>
<p>Gotitas se desprenden del silencio.</p>
<p>La matanza había comenzado mucho antes,<br />
solos contemplamos lo que ya no existe.<br />
Ese espacio vacío entre los dos.</p>
<p><small>(Foto: <a href="http://www.flickr.com/photos/madalennia/1660902086/">M. G. Dominguez)</a></small></p>
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